Acto de entrega Distinciones Anuales Sociedad Española de Antropología (2017)

El pasado sábado 30 de septiembre tuvo lugar en el patio de La Casona, sede de la Fundación Joaquín Díaz (Urueña, Valladolid), el acto de entrega de las distinciones anuales de la Sociedad Española de Antropología y Tradiciones Populares, que como ya anunciamos en una entrada anterior del blog (pincha aquí para acceder a ella) recayeron este año en Joaquín Díaz y en la Campana de Auroros de la localidad murciana de Javalí Viejo, de quien también hablamos con ocasión del nombramiento de Joaquín como Hermano Mayor de Honor de la Cofradía Nuestra Señora del Rosario (pincha acá para acceder a la información correspondiente).

Hemos preparado un vídeo resumen del evento, que podéis ver a continuación. Agradecemos, como en tantas otras ocasiones, la amabilidad y generosidad de Juan Bosco Hormaechea al cedernos gran parte de las fotografías que aparecen en dicho vídeo.

Os ofrecemos, finalmente, el texto con el que Joaquín se dirigió al público tras recoger la distinción.

Creo que alguna vez, tratando de ordenar recuerdos de la infancia, he hablado del momento en que la vida me señaló el camino de la música. Fue a los cuatro años escuchando la famosa marcha de Thalberg a la banda de Zamora dirigida por el maestro Haedo. Sin embargo no he comentado nunca mi decidida inclinación hacia la heterodoxia que comenzó con un acto de afirmación burocrática: cuando saqué el primer carnet de identidad quise que en la línea que correspondía a la profesión pusiese “folklorista”. No puedo describir la cara de asombro de la funcionaria puesto que, a la incomodidad de escribir una palabra tan rara se añadía que esa profesión no se encontraba entre las que tenía escritas en un par de folios que me enseñó.

Le argumenté: -¿Conoce usted a algún abogado? ¿Conoce usted a algún médico? A ambas preguntas me contestó que sí.

-¿Conoce usted a algún folklorista? Tuvo que reconocer que no, y yo le contesté -Y si hasta ahora no había venido ninguno ¿cómo podría figurar en esa lista? Mi seguridad le convenció más que la posibilidad de ponerse pesada y quererme demostrar que me iba a saltar sus normas.

Luego, a lo largo de los años, tuve que argumentar muchas más cosas para demostrar que el folklore se puede inventar y que precisamente su secreto es que evolucione, extremo que negaban categóricamente los llamados puristas de una de las profesiones menos puras que existen. También me tuve que enfrentar a las pretensiones científicas de quienes solo deseaban inmovilizar o paralizar la tradición para diseccionarla y estudiarla con más comodidad, cuando precisamente su mejor cualidad residía en la capacidad amebiana de transformarse permanentemente.

A menudo tuve que demostrar también que las virtudes de una canción no radican en su antigüedad y que no es mejor un tema porque aseguremos que se cantó en Atapuerca. Las mistificaciones y las mentiras son un estupendo abono para el terreno de las leyendas o de los cuentos, pero no hay necesidad de aplicarlas al campo de su estudio. En fin, para qué seguir…Cuando leí la Historia de los heterodoxos españoles me encontré con la agradable sorpresa de que el propio Don Marcelino Menéndez y Pelayo, al justificar en 1910 una nueva edición de su obra, escribía: “En el nuevo texto borro únicamente las expresiones que hoy me parecen insolentes, duras y crueles, porque sería de mal ejemplo y hasta de mal tono el conservarlas. Pero no tengo por tales ciertas lícitas e inofensivas burlas que, aun consideradas literariamente, no me parecen lo peor que el libro contiene”.

O sea que el propio azote de los heterodoxos confesaba lo bueno que era, de vez en cuando, salirse de la norma y echar una cana al aire. Pues viva Don Marcelino, viva su sinceridad y viva la madre que le parió, que por cierto se llamaba Doña Jesusa Pelayo y España, que con esos apellidos y con las primeras letras aprendidas –que dicen sus biógrafos que fueron un Aleluya y los cuentos que oía a su tía- no pudo salir Don Marcelino con otra manera de ser.

El capítulo de los agradecimientos de hoy, sin embargo, se extiende mucho más allá de Don Marcelino, como es de suponer. Alguna vez dije que lo más importante en mi vida han sido los amigos, los que de verdad me han permitido ser distinto y un poco raro. Sin su ejemplo, que garantizaba la cordura y la referencia confortable, no me habría sido fácil dar por buenas las muchas quijotadas cometidas durante casi seis décadas. Si algo he aprendido en todo ese tiempo ha sido a respetar la sabiduría común y a mantener en la mejor habitación de mi casa y en un lugar preferente de la misma, el sentido del humor.

Para finalizar, quisiera agradecer a la Sociedad española de antropología y tradiciones populares el premio y el detalle de haber querido entregarlo aquí, en Urueña. A Ismael y a José María Pérez Peridis, sus brillantes intervenciones y su amistad, y, por último, agradecer a la Campana de Auroros de Javalí Viejo el ejemplar entusiasmo que sienten por sus tradiciones y el esfuerzo que han tenido que hacer para desplazarse hasta la provincia de Valladolid, a casi seis horas de su casa. Gracias a todos

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