Presentación del libro “Memorias de una depresión”

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El pasado miércoles 22 de febrero de 2017 tuvo lugar en la Sala Guitarte de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) la presentación del último libro de Joaquín Díaz “Memorias de una depresión“. Intervinieron en el evento Philippine González Camino (directora de la editorial “La Huerta Grande”), Luis Alberto de Cuenca (filólogo y poeta) y el propio autor.

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El libro, editado en la colección Ensayo de “La Huerta Grande“, es heredero de “La cárcel blanca“, obra de Joaquín Díaz publicada en 1996 de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog (pincha aquí). Buceando en la web de la mencionada editorial, podemos acceder a la presentación del libro, con autoría de Andrés Amorós, ensayista, crítico literario e historiador de la literatura española, así como a su prólogo, a cargo de Joaquín. Comenzamos por la presentación:

Es este un libro singular, tan alejado de los usos habituales como lo es su autor. Comencemos por la persona.

Siempre he admirado a Joaquín Díaz por la gran labor que ha realizado, a lo largo de los años; también, por su humanidad, que tantos afectos le ha granjeado. Al fondo de todo ello está —creo— una decisión básica. No siguió el camino fácil del éxito y el dinero, cuando era cantautor; dejó las actuaciones en directo para dedicarse a lo que era su auténtica vocación: la recuperación y el estudio de nuestra cultura tradicional, tan amenazada por la ignorancia, la incuria y la tiranía de los medios de comunicación. El centro etnográfico y la Fundación que lleva su nombre, en Urueña, son el más claro ejemplo. Y, como fruto tangible, sus publicaciones, sus grabaciones sonoras nos recuerdan que, sin raíces, cualquier viento volandero nos arrastra.

Dicho con toda sencillez, usando el título de una película de mi infancia: Joaquín Díaz ha seguido su camino, el suyo propio, renunciando a muchas tentaciones. Es una lección que a todos nos conviene tener en cuenta. Por ella, lo uno yo, en mi afecto, a mis ilustres amigos de Valladolid: don Jorge Guillén, mi maestro Federico Sopeña (que me puso en contacto con él, la primera vez), Miguel Delibes, José Luis Alonso de Santos…

Dentro de la amplia bibliografía de Joaquín Díaz, este libro es —repito— muy singular. No se trata de un estudio ni una monografía, pertenece al género —tan atractivo, tan peligroso— memorialístico, reúne recuerdos y escritos de una etapa dolorosa, en la que fue víctima de una honda depresión: «la enfermedad de nuestro tiempo», según el psiquiatra Luis Rojas Marcos; algo que debe producirnos verdadero temor, pienso yo, porque, en todas las épocas, ha acechado a las personas más sensibles. A ellos se dirigió Cervantes, con su sabia ironía:

Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno,
en cualquier ocasión, en cualquier tiempo.

¿Por qué ha escrito este libro Joaquín Díaz? Evidentemente, no por frivolidad, ni por buscar notoriedad, fama o dinero. Se trata de «un desahogo… por si a alguien le pudiera servir de alivio o entretenimiento». Es decir, por expresarse y comunicarse, las dos funciones básicas que siempre ha tenido la literatura. Con su estilo desgarrado, lo decía don Diego de Torres Villarroel: «Todos cuantos han escrito y escribirán no pueden hacer otra cosa que vaciar sus melancolías o sus aprehensiones, como hice yo».

Escribe Joaquín sin retórica, con un estilo «vehicular»: sencillo, claro, veraz, lleno de encanto. Son «retazos» de vida, sin una estructura artificial. Afectan a cualquier lector porque nadie está libre de caer en este abismo de la depresión, en esta prisión imaginaria a la que alude el subtítulo: la cárcel blanca. Nos llegan, también, por su autenticidad: en medio del dolor, quiere siempre ser «honrado consigo mismo»; también, ser honrado con su arte, sin traicionarlo. Especialmente conmovedor resulta el púdico relato, sin rehuir la autocrítica, de su relación con Cecilia…

La depresión, por supuesto, le lleva a recluirse en su mundo: «Vivo en el interior de lo interior…». Es inevitable recordar a San Agustín, maestro en «Confesiones»: «Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore hominis habitat veritas».

Pero no deja de tener los ojos abiertos al mundo exterior: como un personaje de Azorín, contempla las nubes que pasan, siempre iguales, siempre distintas; observa a unos pastores que se alejan; lamenta los papeles y las ciudades que se pierden, sin necesidad alguna. Forman parte del río de la cultura tradicional, la metáfora predilecta para su gran amor. Pero eso no excluye la autoironía: una música que él compuso para «El arriero de Bembibre» pasa a integrarse, con toda naturalidad, en esa corriente.

En el relato van surgiendo, con sencillez, las grandes metáforas vitales, que responden a intuiciones bá- sicas: el laberinto, las caras de la realidad, el pequeño mundo del hombre, la ilusión por ser Pigmalión, el viaje de la vida, las máscaras que cubren el verdadero rostro…

Repasa Joaquín, en soledad, muchos temas, grandes y chicos: la música, del genial Glenn Gould al pasodoble «Francisco Alegre»; el engaño de crearnos necesidades falsas; el vínculo que nos sigue uniendo a los padres, cuando ya se han ido…

Además de sufrimiento, la depresión también le trajo algunas ganancias: «Durante el largo padecimiento recuperé el placer de la soledad, seleccioné de forma práctica mis amistades, rendí culto a la tranquilidad…».

En el dolor, todos necesitamos consuelos. Joaquín Díaz los encuentra en la lectura y la escritura; en los pequeños placeres (la pipa); en los recuerdos (incluidos los sueños); en el milagro renovado que supone un niño, cualquier niño; en la belleza del mundo; a veces, unamunianamente, en la búsqueda de Dios: «Los momentos en que la vida me pide que invente un ser supremo, alguien a quien dirigirme para agradecerle la belleza de la naturaleza…».

Más que las medicinas, le han ayudado a curarse los amigos verdaderos: esa mano amiga que sentimos cercana, sin necesidad de palabras. Me ha hecho recordar los versos de Vicente Aleixandre:

Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate, y fúndete, y reconócete.

La autenticidad de Joaquín Díaz, su verdad, se confi rman por la calidad de los amigos que posee. Este —decía yo, al comienzo— es un libro singular y auténtico. O, como decía Unamuno: «Esto no es un libro: es un hombre».

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Finalmente podemos disfrutar a continuación del prólogo, obra como ya hemos comentado del propio Joaquín Díaz.

Dos veces a lo largo de mi vida la melancolía ha hecho presa en mi cerebro. Y no me estoy refiriendo a esa insania pasajera que nos mueve a preguntarnos —sin hallar respuestas sólidas- acerca de nuestro origen y nuestro destino, sino a una enfermedad auténtica que atenaza cualquier reacción y nos deja inermes frente a la sacudida inesperada y cruel del organismo. La tan temida depresión me llegó en ambos casos despacio y sin anunciarse; al menos yo no percibí ningún aviso previo y quedé liado en su terrible madeja como un gatito torpe y juguetón. Del primer caso salí por mis propios medios, con la ayuda de la lectura y la paciencia de mis amigos y familia; la segunda vez tuve que recurrir a los fármacos que, por desgracia, no dieron su apetecido resultado hasta bien avanzada la enfermedad y solo después de haber probado muchas medicinas diferentes, en ocasiones incluso con efectos bien deprimentes por sí mismos: recuerdo en particular con horror un medicamento que comencé a tomar dos días antes de la grabación de un disco; una vez en el estudio e indeciblemente alterado comprobé que mis dedos eran incapaces de arpegiar sobre las cuerdas de la guitarra; mi voz, reducida y temblorosa, perdía timbre sin remedio y mi lengua, seca y pastosa, parecía haber aumentado de tamaño en la boca hasta hacerme imposible articular palabra.

No todos los momentos fueron tan angustiosos, sin embargo. Durante el largo padecimiento recuperé el placer de la soledad, seleccioné de forma práctica mis amistades, rendí culto a la tranquilidad… Frente a esos pequeños placeres tuve que sufrir impotente cómo casi todo mi mundo anterior se deshacía en pedazos. Soporté la impaciencia y la incomprensión de muchos y, finalmente, como escindida mi mente en dos mitades, viví una existencia vagarosa y errática por un lado, mientras por otro sufría prisión dentro de cuatro paredes imaginarias de donde paradójicamente no quería salir y entre cuyos estrechos márgenes todo me resultaba indiferente.

Si de la primera depresión salí con la lectura, debo decir que en la segunda ocasión me ayudó mucho el escribir. Narrar mis sensaciones y recordar momentos agradables ya vividos me fue devolviendo poco a poco a la realidad. No sé si estoy predestinado a un tercer brote; tampoco si será más o menos grave que los anteriores. En cualquier caso, doy a la luz estos retazos literarios por si a alguien le pudieran servir de alivio o de entretenimiento. Uno nunca sabe en estas circunstancias el alcance de sus palabras: a quién llegarán y en qué momento; si dejarán un poso o resbalarán como el agua sobre la roca. Lo que supongo es que a nadie puede molestar un desahogo de este tipo, y con esa confianza he escrito este libro, lejos de un desahogo frívolo o de un impúdico afán de notoriedad.

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Un pensamiento en “Presentación del libro “Memorias de una depresión”

  1. Desconocía por completo este lado amargo de Joaquín. Estoy leyendo el libro y me está conmoviendo sobremanera; pero a la vez me está mostrando la gran valentía que ha tenido al afrontar tan doloroso trance y el enorme mérito de haberlo superado con enorme decisión. Y algo también muy importante y que igualmente desconocía: la enorme valía poética de nuestro querido juglar.
    ¡Ánimo, Joaquín! Nos has dado muchas horas de gloria a tus rendidos admiradores y te necesitamos por muchísimos años. Salud, querido maestro, y que Dios te bendiga.

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