Nueva entrega de la colección de comentarios que el propio Joaquín Díaz está realizando, en exclusiva para nuestro blog, sobre todos sus trabajos discográficos. Ha llegado el turno a “Dendrolatrías” (2005).
Os recuerdo que también podéis acceder a él mediante la entrada correspondiente de la categoría “Joaquín comenta su obra” (pincha aquí), así como con la ficha correspondiente al disco (pincha acá).
“Dendrolatrías” parece una palabra como para buscar en un diccionario aunque su significado sea sencillamente el de “culto místico al árbol”. Hubo una época, ya remota, en la que el individuo se dio cuenta de que los árboles eran mucho más antiguos que él e intuyó que, con toda seguridad, le iban a sobrevivir en una infinidad de generaciones. Esta reverencia, desde luego, era mucho más lógica que la visión egocentrista de hoy con la que el ser humano ha terminado creyéndose el rey de la Tierra y además está seguro de que la ha inventado él. Sin embargo no es así: el respeto a la naturaleza, propio de civilizaciones tan antiguas y sabias como la celta o la nativa americana, revela un sentido práctico y lógico, mucho más sensato, que a lo mejor hemos perdido o despreciado porque nos parecía inútil o de poco valor material…
El título de un disco, como el nombre y los apellidos de una persona, no puede ser producto de una casualidad. Detrás de una simple palabra o de una frase se amontonan sentimientos, alegrías, tristezas, pasiones, huellas y evocaciones que han atravesado muchos siglos y muchas vidas hasta llegar al presente en forma de recuerdo numinoso. Tal vez por eso Unamuno definía la lengua como “la sangre del espíritu”, es decir como una metalengua que explica los arcanos del corazón.
Elegir la palabra Dendrolatría para titular el disco tuvo dos sentidos: en primer lugar, mi adoración hacia la naturaleza, que era real y que me había quitado para siempre de la cabeza la idea de que el ser humano era el centro del universo. En segundo lugar esa dendrolatría –esa veneración al árbol- tenía sentido porque todas las personas a las que pedí que me acompañaran en el disco habían sido, en algún momento de mi vida, raíz o ramas o delicado brote que me aportaron su savia, su oficio, su fuerza, su bondad o su ternura. A todas admiraba y de todas ellas me había enriquecido. De todas fui recibiendo, además, la respuesta positiva a mi demanda, que había partido de una especie de homenaje que Julio Palacios había propuesto a la Fundación Autor para reconocer mis años de trabajo en el campo de la música.
Así, llegó la aceptación de Marina Rossell, de Amancio Prada, de Xuacu Amieva, de Kepa Junquera, de Luis Delgado -que también puso su estudio en muchas ocasiones-, del grupo Son de niños con arreglos de Javier Bergia, de Javier Coble, de Michel Lacomba, de Cuco Pérez, de Eliseo Parra, de Elena Casuso, de Gabriel Calvo, de mi sobrino Germán Díaz… Las anécdotas no cabrían en este breve comentario porque tantas horas de grabación dan para mucho, pero ayudan a imaginar la estructura constructiva de un disco irrepetible que, una vez editado, se presentó en la sede madrileña de la SGAE donde se reunió un numeroso grupo de amigos, conocidos y curiosos.
Joaquín Díaz (Marzo 2021)



